Martes Santo

Isaías 49, 1-6 / Juan 13, 21-33.36-38
En este Martes Santo, el Evangelio nos lleva a un lugar muy íntimo: el corazón de Jesús… en una de las noches más difíciles de su vida.
No estamos ante un Jesús fuerte en apariencia… sino ante un Jesús conmovido, herido por dentro.
San Juan lo dice con claridad: “Jesús se turbó en su espíritu.”
Es el dolor de la traición.
Es el dolor de saber que uno de los suyos… uno que ha caminado con Él, que ha comido con Él… lo va a entregar.
Y, sin embargo, en medio de ese dolor, Jesús no se encierra… no se endurece… no deja de amar.
Aquí hay algo muy profundo para nosotros.
Porque todos, en algún momento, hemos sentido algo parecido:
la decepción de alguien cercano,
la herida de una palabra,
el silencio de quien esperábamos apoyo.
Y la reacción más humana suele ser: cerrarnos, endurecernos, tomar distancia.
Pero Jesús no.
Jesús sigue amando… incluso cuando sabe que lo van a traicionar.
Y hace algo impresionante: le da a Judas un trozo de pan.
Ese gesto, en aquella cultura, no era cualquier cosa. Era un gesto de cercanía, de honor, de amistad.
Es como si Jesús le dijera:
“Aún estás a tiempo… aún eres importante para mí.”
Hasta el último momento, Jesús apuesta por el amor.
Pero Judas decide irse.
Y el Evangelio dice una frase fuerte: “Era de noche.”
No solo fuera… también dentro de él.
Hermanos, esto nos enseña algo muy serio:
Dios siempre ofrece su amor… pero nunca obliga.
Respeta nuestra libertad, incluso cuando esa libertad lo rechaza.
Y luego aparece Pedro.
El otro extremo.
No traiciona con un beso… pero promete más de lo que puede cumplir.
“Daré mi vida por ti”, dice.
Y Jesús, con una ternura que conmueve, le responde:
“Ahora no… pero después me seguirás.”
Pedro va a fallar.
Va a negar.
Va a llorar.
Pero no está perdido.
Porque Jesús no lo mira desde su caída… lo mira desde lo que puede llegar a ser.
Y aquí hay una gran esperanza para nosotros.
Porque también nosotros somos un poco Judas… cuando cerramos el corazón.
Y también somos un poco Pedro… cuando prometemos mucho y cumplimos poco.
Pero Jesús no se cansa de nosotros.
Nos conoce… sabe de nuestras fragilidades… y aun así sigue creyendo en nosotros.
La primera lectura lo decía:
Dios no se cansa de su misión.
Incluso cuando parece que todo es fracaso… Él sigue obrando.
Hoy, en este Martes Santo, la Palabra nos deja tres luces muy concretas:
Primero:
amar incluso cuando duele.
No es fácil… pero es el camino de Jesús.
Segundo:
cuidar nuestro corazón… para no dejarnos llevar por la oscuridad del resentimiento, del egoísmo, del alejamiento.
Y tercero:
no perder la esperanza en nosotros mismos.
Aunque hayamos fallado… aunque hayamos caído…
Dios sigue contando con nosotros.
Tal vez hoy alguien aquí siente que ha fallado…
que no ha sido fiel…
que se ha alejado…
Escucha esto:
Jesús no te ha descartado.
Como a Pedro, te dice:
“Ahora no entiendes… pero después me seguirás.”
Siempre hay un después en Dios.
Siempre hay un camino de regreso.
Pidámosle al Señor, en esta Semana Santa, un corazón como el suyo:
capaz de amar en medio del dolor,
capaz de perdonar,
capaz de volver a empezar.
Que no confiemos tanto en nuestras fuerzas…
sino en su amor que nunca falla.
Amén.
