Jueves Santo

Éxodo 12, 1-8.11-14; 1 Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
Hoy comenzamos el Triduo Pascual, el corazón del año litúrgico…
los días más santos de nuestra fe.
Y no es un día cualquiera.
Hoy es una noche especial.
Como nos dice la Palabra:
“Este es el momento favorable; este es el día de la salvación” (2 Corintios 6,2).
Hoy se abre una puerta.
Una puerta para dejarnos tocar…
para dejarnos transformar…
por el amor de Jesús.
Y la pregunta es sencilla:
¿qué celebramos hoy?
Celebramos dos gestos que revelan el corazón mismo de Dios.
El primero: la Eucaristía.
San Pablo nos transmite palabras que todavía estremecen:
“Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes…
Esta copa es la nueva alianza que se sella con mi sangre”.
Jesús no nos deja un recuerdo.
Nos deja su presencia.
Nos deja su vida.
Cada vez que celebramos la Eucaristía,
su entrega se hace presente.
Cada vez que comemos este pan y bebemos esta copa,
participamos en su amor que se da… sin medida.
La Eucaristía no es algo más en nuestra vida.
Es el centro.
Es el alimento que sostiene nuestra fe.
Es la fuerza que nos levanta cuando estamos cansados.
Y uno podría preguntarse:
¿qué sería de nosotros… sin este Pan de Vida?
Pero hay un segundo gesto.
Y es quizás el más desconcertante.
El lavatorio de los pies.
El Evangelio de Juan no nos muestra el pan y el vino…
nos muestra una toalla.
Jesús, el Maestro…
se arrodilla.
Jesús, el Señor…
lava los pies.
En un mundo donde muchos quieren ser servidos,
Jesús cambia la lógica.
Nos enseña que amar no es hablar bonito…
amar es agacharse.
Amar es ensuciarse las manos.
Amar es cuidar.
Amar es servir… incluso cuando nadie lo ve.
Y lo más fuerte es esto:
lo hace antes de la traición,
antes del abandono,
antes de la cruz.
Es decir…
Jesús ama sin condiciones.
Ama hasta el extremo.
Y aquí está el mensaje para nosotros.
No podemos separar estas dos cosas:
Eucaristía y servicio.
No tiene sentido venir a comulgar…
si no estamos dispuestos a servir.
No tiene sentido recibir el Cuerpo de Cristo…
si no reconocemos a Cristo en el hermano.
Queridos hermanos,
no dejemos pasar esta noche.
No la vivamos como una celebración más.
Hoy Jesús nos está invitando a algo muy concreto:
a dejarnos amar…
y a aprender a amar.
Que la Eucaristía que celebramos aquí
no se quede en la iglesia.
Que se vuelva vida en casa,
paciencia en la familia,
servicio en la comunidad,
cercanía con el que sufre.
Hoy Jesús no solo nos da un mandato…
nos da un ejemplo:
“Les he dado ejemplo,
para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.
Que esta noche nos marque.
Que al recibir el Pan,
aprendamos a partirnos por los demás.
Que al ver el gesto del lavatorio,
aprendamos a ponernos a los pies del hermano.
Y que hoy… más que nunca…
escuchemos en el corazón:
Hoy es el día de la salvación.
Hoy es el día para amar… hasta el extremo.
Amén.
