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Lunes Santo

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Isaías 42, 1-7 / Juan 12, 1-11

En este Lunes Santo, la Palabra de Dios nos invita a entrar en un clima de intimidad con Jesús. No es un día de ruido… es un día de contemplación. Es como si la Iglesia nos dijera: acércate, mira de cerca, déjate tocar por lo que está sucediendo.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos presenta una figura hermosa: el Siervo de Dios.
No es un líder que impone, no es alguien que grita, no es alguien que aplasta.


Al contrario:
no rompe la caña cascada,
no apaga la mecha que apenas humea.

Es decir, no termina de destruir al que ya está herido.
No abandona al que está débil.
No desprecia al que está luchando por seguir adelante.

Ese es el estilo de Dios.

Y qué importante escuchar esto hoy… porque vivimos en un mundo que muchas veces aplasta, exige, descarta. Un mundo donde el débil estorba, donde el que falla es juzgado, donde el cansado es ignorado.

Pero Dios no es así.

Dios se acerca con ternura.
Dios levanta sin humillar.
Dios corrige sin destruir.

Y tal vez hoy alguien aquí se siente como esa “caña cascada”…
cansado… herido… sin fuerzas…
Y la Palabra de Dios le dice: no estás acabado… Dios no ha terminado contigo.

Luego pasamos al Evangelio… y la escena cambia, pero el mensaje se hace aún más profundo.

Estamos en casa de Lázaro.
Hay una cena.
Jesús está allí… cercano… compartiendo.

Y de pronto, María hace algo inesperado.

Rompe un frasco de perfume costoso, unge los pies de Jesús… y los seca con sus cabellos.

Es un gesto que desconcierta.
Es exagerado.
Es incómodo para algunos.

Pero es profundamente verdadero.

Porque María no calcula.
No mide.
No se guarda nada.

Ama… y cuando alguien ama de verdad, no hace cuentas.

Mientras María ama… Judas critica.

Y aquí aparece una tensión muy actual:
el amor gratuito… frente al corazón calculador.

Judas habla de los pobres, pero en realidad no ama.
María no dice nada… pero ama de verdad.

Y Jesús toma partido:
defiende el amor que se entrega,
defiende el gesto que nace del corazón.

Hermanos, este Evangelio nos confronta.

Porque a veces nuestra fe se vuelve muy correcta… pero poco apasionada.
Muy organizada… pero poco amorosa.
Muy calculada… pero poco entregada.

Y Jesús hoy nos dice:
no tengas miedo de amar así.

Amar aunque no te entiendan.
Amar aunque parezca demasiado.
Amar sin calcular tanto.

Porque el amor verdadero siempre “huele”…
como ese perfume que llenó toda la casa.

Y aquí hay una imagen hermosa:
cuando alguien ama de verdad… se nota.
Se siente.
Transforma el ambiente.

Hoy, en este Lunes Santo, la Palabra nos deja dos caminos muy claros:

El camino del Siervo:
ser personas que no aplastan, que no hieren más, que levantan con ternura.

Y el camino de María:
amar sin medida, sin cálculo, sin miedo.

Y también una advertencia:
cuidado con convertirnos en Judas…
con un corazón que habla bien… pero ama poco.

Mientras caminamos hacia la Pascua, preguntémonos con sinceridad:

¿Estoy siendo luz para alguien… o peso para otros?
¿Mi fe tiene ternura… o dureza?
¿Mi amor se nota… o se queda en palabras?

 

Que esta Semana Santa no la vivamos solo como tradición…
sino como un camino de conversión del corazón.

Pidámosle al Señor que nos enseñe a amar así:
en lo pequeño,
en lo oculto,
en lo cotidiano.

Que nuestra vida también sea como ese perfume…
que, sin hacer ruido,
llena todo de la presencia de Dios.

Amén.

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