
El P. Luis Antonio Vergara, SVD, comparte una reflexión sobre el Evangelio de cada domingo y solemnidad, invitando a los fieles a meditar y vivir la Palabra de Dios en la vida cotidiana.
15 de marzo de 2026
IV Domingo de Cuaresma
1 Samuel 16, 1.6-7.10-13; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1-41

1. Hecho de vida
Hace unos años alguien me dijo algo que me hizo pensar.
Me dijo:
“Padre, lo más difícil de la vida no es quedarse ciego… lo más difícil es vivir sin darse cuenta de que uno está ciego.”
Y después añadió algo todavía más fuerte:
“Hay personas que ven perfectamente con los ojos… pero no ven nada en la vida.”
Y es verdad.
Hay gente que ve con los ojos…
pero no ve el bien que otros hacen por ellos.
Hay gente que ve…
pero no ve el amor que tiene cerca.
Hay gente que ve…
pero no ve sus propios errores.
Hay gente que ve…
pero no ve a Dios.
A veces la peor ceguera no está en los ojos…
está en el corazón.
Por eso muchas personas viven confundidas.
Confundidas sobre lo que vale la pena en la vida.
Confundidas sobre lo que es realmente importante.
Confundidas sobre quién es Dios.
Y cuando uno vive así… vive en una especie de oscuridad interior.
Hoy el Evangelio nos presenta precisamente a un hombre que nació ciego.
Pero curiosamente, al final de la historia, el que termina viendo mejor que todos… es él.
2. Mensaje de Dios
El Evangelio dice que Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Los discípulos inmediatamente hacen una pregunta muy humana:
“¿Quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?”
Es la pregunta que siempre hacemos los seres humanos.
¿Quién tuvo la culpa?
¿Quién es responsable?
¿Quién merece el castigo?
Siempre buscamos culpables.
Pero Jesús rompe completamente esa manera de pensar.
Jesús dice algo sorprendente:
Esta situación no es para buscar culpables,
sino para que se manifiesten las obras de Dios.
Dios no mira al ser humano como un juez buscando castigos.
Dios mira al ser humano como un Padre que quiere salvar.
Y entonces Jesús hace algo muy sencillo.
Toma barro, lo pone en los ojos del ciego, y le dice:
“Ve a lavarte a la piscina de Siloé.”
El hombre obedece.
Se lava.
Y comienza a ver.
Pero el milagro no termina ahí.
En realidad el verdadero milagro es otro.
Este hombre comienza un camino de fe.
Al principio dice:
“Ese hombre que se llama Jesús.”
Luego dice:
“Es un profeta.”
Después dice:
“Si no viniera de Dios no podría hacer nada.”
Y al final, cuando se encuentra con Jesús otra vez, dice:
“Creo, Señor.”
Ese es el camino de la fe.
Poco a poco los ojos se van abriendo.
San Pablo lo dijo hoy en la segunda lectura:
“Antes eran oscuridad, ahora son luz en el Señor.”
Eso es el bautismo.
El bautismo es cuando Dios abre nuestros ojos para ver la vida de otra manera.
Para ver con los ojos de Dios.
3. Nueva vida
Hoy la Palabra de Dios nos hace una pregunta muy sencilla.
No sobre aquel ciego…
Sino sobre nosotros.
¿Acaso aquí no hay también personas que necesitan ver?
Tal vez hay alguien que no ve el amor que Dios le tiene.
Tal vez hay alguien que no ve el camino que Dios le está mostrando.
Tal vez hay alguien que no ve el bien que todavía puede hacer.
Todos nosotros, de alguna manera, somos ese ciego del Evangelio.
Pero hay algo muy hermoso.
Jesús sigue pasando.
Jesús sigue viendo.
Jesús sigue abriendo los ojos.
Cada domingo, cuando venimos a la Eucaristía, es como si el Señor nos dijera otra vez:
“Ve a lavarte.”
Aquí está nuestra piscina de Siloé.
Aquí escuchamos la Palabra.
Aquí recibimos su gracia.
Aquí el Señor vuelve a abrir nuestros ojos.
Y por eso el mensaje para esta semana es muy sencillo.
Pidámosle al Señor tres cosas.
Primero:
Que abra nuestros ojos para ver su presencia en nuestra vida.
Segundo:
Que abra nuestros ojos para ver el bien que todavía podemos hacer.
Tercero:
Que abra nuestros ojos para reconocerlo a Él como la luz de nuestra vida.
Y ojalá al final de esta semana también nosotros podamos decir algo muy sencillo, como dijo aquel hombre del Evangelio:
“Yo sólo sé una cosa:
antes estaba ciego…
y ahora veo.”
