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El P. Luis Antonio Vergara, SVD, comparte una reflexión sobre el Evangelio de cada domingo y solemnidad, invitando a los fieles a meditar y vivir la Palabra de Dios en la vida cotidiana.

29 de marzo de 2026

Domingo de Ramos

Lecturas: Mateo 21,1-11; Isaías 50,4-7; Filipenses 2,6-11; Mateo 26,14–27,66

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1. Hecho de vida 

Cuentan una historia curiosa.

Un burro vivió el día más emocionante de su vida.
Ese día caminó por una ciudad llena de gente que gritaba, cantaba y agitaba ramos de olivo.

La gente extendía sus mantos en el camino.
Las multitudes gritaban: “¡Hosanna!”

El burro estaba convencido de algo:

“¡Todo esto es por mí!”

Se sentía importante.
Se sentía admirado.
Se sentía el protagonista del día.

Pero al día siguiente salió nuevamente por la ciudad esperando el mismo espectáculo.

Pasó junto a un grupo de personas en el pozo.
Nadie lo miró.

Fue al mercado.
Nadie lo aclamó.

Nadie puso mantos en el suelo.
Nadie levantó ramos.

Confundido y triste volvió al establo.

Su madre lo miró con ternura y le dijo:

“Hijo…
¿no te das cuenta?

Sin Él… tú eres solo un burro.”

El día anterior no aclamaban al burro.

Aclamaban al que iba encima del burro.

Y esa pequeña historia tiene mucho que ver con el Evangelio que acabamos de escuchar.

 

2. Mensaje de Dios 

Hoy celebramos el Domingo de Ramos.

La puerta de entrada a la Semana Santa.

El Evangelio nos muestra a Jesús entrando en Jerusalén.

La gente lo recibe con ramos.
Con mantos en el camino.
Con gritos de alegría.

Y la multitud hace una pregunta muy interesante:

“¿Quién es ese?”

Esa es la pregunta del día.

¿Quién es ese?

Para algunos era un profeta.
Para otros un maestro.
Para otros una esperanza política.
Para otros una amenaza.

Pero la liturgia de hoy nos da la respuesta completa.

San Pablo lo dice en la carta a los Filipenses:

“Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo.”

Jesús no entra en Jerusalén con caballos de guerra.

No entra con soldados.

No entra con poder.

Entra sobre un burro.

Porque su poder es otro.

Su poder es el amor.

Y ese mismo Jesús que hoy entra entre ramos y cantos…

dentro de pocos días será el mismo que camina hacia la cruz.

La misma gente que grita “Hosanna”
después gritará “Crucifícalo.”

Porque muchas veces admiramos a Jesús…

pero no queremos seguir su camino.

Muchos lo conocen.
Pocos lo imitan.

Muchos hablan de Él.
Pocos viven como Él.

Jesús no vino a imponerse.

No vino a dominar.

No vino a obligar.

Jesús vino a amar hasta el extremo.

Y eso es lo que celebramos en esta Semana Santa.

No simplemente el sufrimiento de Jesús.

Celebramos el amor llevado hasta el final.

 

3. Nueva vida 

Hoy entramos en la semana más importante del año cristiano.

La Semana Santa.

Y la pregunta que queda en el aire es la misma que hacía la gente en Jerusalén:

“¿Quién es ese?”

Cada uno de nosotros tiene que responderla.

¿Quién es Jesús para mí?

¿Es solo un recuerdo?
¿Es una tradición?
¿Es una imagen?
¿Es una costumbre?

¿O es realmente el Señor de mi vida?

Porque la verdad es esta:

sin Él… la vida pierde su centro.

Sin Él la vida se llena de ruido…
pero se vacía de sentido.

Sin Él caminamos…
pero no sabemos hacia dónde.

Por eso esta semana podemos hacer algo muy sencillo.

Primero:
Caminar con Jesús.

Acompañarlo en estos días.

En la oración.
En la misa.
En el silencio.

Segundo:
Mirar su amor.

El amor de Jesús en la cruz nos recuerda cuánto valemos para Dios.

Tercero:
No quedarnos solo en los ramos.

Porque es fácil aclamar a Jesús cuando todo va bien.

Lo difícil es seguirlo cuando el camino pasa por la cruz.

El Domingo de Ramos nos abre la puerta de la Semana Santa.

Una semana que nos recuerda algo muy profundo:

El amor verdadero
no se queda en palabras.

El amor verdadero
se entrega.

 

Y al final de esta semana descubriremos algo maravilloso:

que el amor de Cristo es más fuerte que la traición,
más fuerte que la violencia,
más fuerte que la cruz,
y más fuerte que la muerte.

Por eso caminemos con Él.

Porque con Él la cruz no es el final de la historia.

Con Él…
la última palabra siempre será la vida. ✨

22 de marzo de 2026

V Domingo de Cuaresma

Lecturas: Ezequiel 37, 12-14; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 1-45

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1. Hecho de vida 

Cuentan una historia muy sencilla pero muy profunda.

Una serpiente mordió a un muchacho y el veneno comenzó a recorrer su cuerpo.
El muchacho murió, y sus padres llenos de dolor llevaron su cuerpo al sacerdote.

Los tres se sentaron alrededor del niño y comenzaron a llorar.

Después de un rato el padre se levantó, puso sus manos sobre los pies del muchacho y dijo:

“Durante toda mi vida no he trabajado por mi familia como debía.”

En ese momento, dice el relato, el veneno abandonó los pies del muchacho.

Luego la madre se levantó, puso sus manos sobre el corazón de su hijo y dijo:

“Durante toda mi vida no he amado a mi familia como debía.”

Y el veneno abandonó el corazón del muchacho.

Finalmente, el sacerdote se levantó, puso sus manos sobre la cabeza del niño y dijo:

“Durante toda mi vida no he creído de verdad en lo que he predicado.”

Y el veneno abandonó la cabeza del muchacho.

El muchacho se levantó…
y aquel día hubo una gran alegría en el pueblo.

El veneno de esta historia representa algo que todos conocemos muy bien:

el pecado, el egoísmo, las heridas, las cosas que van apagando la vida por dentro.

Porque hay algo que debemos reconocer con sinceridad:

uno puede estar vivo por fuera…
pero muerto por dentro.

Y entonces hoy la Palabra de Dios nos hace una pregunta fuerte:

El domingo pasado preguntábamos:
¿acaso no hay ningún ciego entre nosotros?

Hoy la pregunta es otra:

¿Acaso no hay también muertos entre nosotros?

 

2. Mensaje de Dios 

El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más conmovedoras de la vida de Jesús.

La muerte de Lázaro.

Lázaro era amigo de Jesús.
Amigo de Marta.
Amigo de María.

Cuando Jesús llega, Lázaro ya lleva cuatro días en el sepulcro.

Y sucede algo muy humano.

El Evangelio dice una frase muy corta pero muy poderosa:

“Jesús lloró.”

Jesús llora.

Llora por su amigo.
Llora por el dolor de Marta y María.
Llora por la muerte.

Eso nos muestra algo muy hermoso.

Dios no es un Dios frío.
Dios no es indiferente al dolor humano.

Dios llora con nosotros.

Pero Jesús no se queda en el llanto.

Se acerca a la tumba.

Y grita con voz fuerte:

“¡Lázaro, sal fuera!”

Y el muerto sale.

Con los pies y las manos atados.

Entonces Jesús dice algo muy importante:

“Desátenlo y déjenlo andar.”

Jesús no vino solamente a consolar.

Jesús vino a dar vida.

Por eso dice una de las frases más fuertes del Evangelio:

“Yo soy la resurrección y la vida.”

No dice “yo conozco la vida”.

Dice:

Yo soy la vida.

San Pablo lo dice hoy en la segunda lectura:

El Espíritu de Dios es el que da vida.

El Espíritu es el que levanta.

El Espíritu es el que saca al ser humano de sus tumbas interiores.

Y el profeta Ezequiel lo había anunciado siglos antes:

“Yo abriré sus tumbas y los sacaré de ellas.”

Dios no quiere hijos encerrados en tumbas.

Dios quiere hijos vivos.

 

3. Nueva vida 

Hoy el Evangelio nos invita a mirar nuestra propia vida.

Porque todos tenemos alguna tumba.

Tal vez la tumba de la tristeza.

Tal vez la tumba del resentimiento.

Tal vez la tumba del pecado.

Tal vez la tumba del cansancio espiritual.

Tal vez la tumba de una fe que se ha ido apagando.

Todos, de alguna manera, conocemos lo que es vivir un poco enterrados.

Pero hoy Jesús vuelve a decirnos lo mismo que dijo frente a la tumba de Lázaro:

“Sal fuera.”

Sal fuera de la desesperanza.
Sal fuera de la rutina.
Sal fuera del miedo.
Sal fuera de lo que te quita la vida.

Porque Jesús no vino para que sobrevivamos.

Jesús vino para que tengamos vida en abundancia.

Y hay algo muy hermoso.

Los bautizados ya vivimos la vida después del milagro.

El milagro fue nuestro bautismo.

Allí recibimos el agua viva.
Allí recibimos la luz de Cristo.
Allí recibimos el Espíritu.

Por eso esta semana podemos hacer algo muy sencillo.

Primero:
Reconocer las cosas que nos están quitando la vida.

Segundo:
Traerlas al Señor.

Como Marta y María llevaron su dolor a Jesús.

Y tercero:

Escuchar su voz que nos dice:

“Sal fuera.”

 

Sal fuera y vive.

Sal fuera y ama.

Sal fuera y camina.

Porque el mundo necesita personas vivas.

Personas que vivan con esperanza.

Personas que lleven vida a los demás.

Y ojalá que al final de nuestra vida también podamos decir algo muy sencillo:

Yo estaba muerto…
pero el Señor me devolvió la vida.

15 de marzo de 2026

IV Domingo de Cuaresma

1 Samuel 16, 1.6-7.10-13; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1-41

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1. Hecho de vida

Hace unos años   alguien me dijo algo que me hizo pensar.

Me dijo:

“Padre, lo más difícil de la vida no es quedarse ciego… lo más difícil es vivir sin darse cuenta de que uno está ciego.”

Y después añadió algo todavía más fuerte:

“Hay personas que ven perfectamente con los ojos… pero no ven nada en la vida.”

Y es verdad.

Hay gente que ve con los ojos…
pero no ve el bien que otros hacen por ellos.

Hay gente que ve…
pero no ve el amor que tiene cerca.

Hay gente que ve…
pero no ve sus propios errores.

Hay gente que ve…
pero no ve a Dios.

A veces la peor ceguera no está en los ojos…
está en el corazón.

Por eso muchas personas viven confundidas.

Confundidas sobre lo que vale la pena en la vida.
Confundidas sobre lo que es realmente importante.
Confundidas sobre quién es Dios.

Y cuando uno vive así… vive en una especie de oscuridad interior.

Hoy el Evangelio nos presenta precisamente a un hombre que nació ciego.

Pero curiosamente, al final de la historia, el que termina viendo mejor que todos… es él.

 

2. Mensaje de Dios 

El Evangelio dice que Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.

Los discípulos inmediatamente hacen una pregunta muy humana:

“¿Quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?”

Es la pregunta que siempre hacemos los seres humanos.

¿Quién tuvo la culpa?
¿Quién es responsable?
¿Quién merece el castigo?

Siempre buscamos culpables.

Pero Jesús rompe completamente esa manera de pensar.

Jesús dice algo sorprendente:

Esta situación no es para buscar culpables,
sino para que se manifiesten las obras de Dios.

Dios no mira al ser humano como un juez buscando castigos.

Dios mira al ser humano como un Padre que quiere salvar.

Y entonces Jesús hace algo muy sencillo.

Toma barro, lo pone en los ojos del ciego, y le dice:

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé.”

El hombre obedece.

Se lava.

Y comienza a ver.

Pero el milagro no termina ahí.

En realidad el verdadero milagro es otro.

Este hombre comienza un camino de fe.

Al principio dice:

“Ese hombre que se llama Jesús.”

Luego dice:

“Es un profeta.”

Después dice:

“Si no viniera de Dios no podría hacer nada.”

Y al final, cuando se encuentra con Jesús otra vez, dice:

“Creo, Señor.”

Ese es el camino de la fe.

Poco a poco los ojos se van abriendo.

San Pablo lo dijo hoy en la segunda lectura:

“Antes eran oscuridad, ahora son luz en el Señor.”

Eso es el bautismo.

El bautismo es cuando Dios abre nuestros ojos para ver la vida de otra manera.

Para ver con los ojos de Dios.

 

3. Nueva vida

Hoy la Palabra de Dios nos hace una pregunta muy sencilla.

No sobre aquel ciego…

Sino sobre nosotros.

¿Acaso aquí no hay también personas que necesitan ver?

Tal vez hay alguien que no ve el amor que Dios le tiene.

Tal vez hay alguien que no ve el camino que Dios le está mostrando.

Tal vez hay alguien que no ve el bien que todavía puede hacer.

Todos nosotros, de alguna manera, somos ese ciego del Evangelio.

Pero hay algo muy hermoso.

Jesús sigue pasando.

Jesús sigue viendo.

Jesús sigue abriendo los ojos.

Cada domingo, cuando venimos a la Eucaristía, es como si el Señor nos dijera otra vez:

“Ve a lavarte.”

Aquí está nuestra piscina de Siloé.

Aquí escuchamos la Palabra.
Aquí recibimos su gracia.
Aquí el Señor vuelve a abrir nuestros ojos.

Y por eso el mensaje para esta semana es muy sencillo.

Pidámosle al Señor tres cosas.

Primero:
Que abra nuestros ojos para ver su presencia en nuestra vida.

Segundo:
Que abra nuestros ojos para ver el bien que todavía podemos hacer.

Tercero:
Que abra nuestros ojos para reconocerlo a Él como la luz de nuestra vida.

Y ojalá al final de esta semana también nosotros podamos decir algo muy sencillo, como dijo aquel hombre del Evangelio:

“Yo sólo sé una cosa:
antes estaba ciego…
y ahora veo.”

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