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Homilía – XXII Domingo del Tiempo Ordinario Jeremías 20,7-9 | Salmo 62 | Romanos 12,1-2 | Mateo 16,21-27

  • Foto del escritor: comunicacion cam
    comunicacion cam
  • hace 4 horas
  • 3 min de lectura


Un joven médico recién graduado llegó a trabajar a una comunidad rural muy pobre. Venía con sueños grandes y ganas de cambiar el mundo. Pero la realidad lo golpeó pronto. Pocos recursos, muchos enfermos, caminos difíciles y noches largas.

A los seis meses, sus amigos le ofrecieron un puesto en una clínica privada. Más dinero. Más comodidad. Sus padres le decían que era lo sensato. Que ya había dado suficiente.


Una noche, mientras atendía a una niña enferma en una casa sin luz, la mamá le tomó la mano y le dijo:

"Doctor, usted es lo único que tenemos."

Ese joven no se fue. Se quedó cinco años más. Y cuando alguien le preguntaba por qué, respondía con sencillez:

"Porque la vida más plena no es la más cómoda. Es la más entregada."

Esa frase contiene todo el Evangelio de hoy.

 

Jeremías conocía ese dilema desde muy adentro.

Le reclama a Dios con una honestidad que pocas veces nos atrevemos a imitar: "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir."Había recibido una misión que nadie quería. Anunciar verdades incómodas a un pueblo que no quería escucharlas. Lo rechazaban. Se burlaban de él. Y a veces pensaba en callarse. En buscar una vida más tranquila.


Pero entonces confiesa algo que es uno de los momentos más honestos de toda la Biblia:

"Hay en mi corazón como un fuego ardiente encerrado en mis huesos. Me esfuerzo por contenerlo y no puedo."


No podía callarse. No por valentía natural. Sino porque había algo dentro más fuerte que el miedo. Más fuerte que el deseo de comodidad.

La llamada de Dios, cuando es verdadera, no se apaga. Arde. Insiste. Vuelve. Hasta que uno la obedece.

 

Jesús llega en el Evangelio con palabras que incomodan precisamente porque son verdaderas:

"El que quiera salvar su vida la perderá. Pero el que pierda su vida por mí la encontrará."

Pedro acaba de recibir las llaves del Reino. Y de repente Jesús anuncia que va a sufrir, que va a morir. Que el camino pasa por la cruz.


Pedro lo lleva aparte y le dice con buena intención: "¡Dios te libre, Señor! ¡Eso no puede pasarte!"

Es la voz del sentido común. Del que quiere ahorrarle el dolor a quien ama. La voz que todos tenemos cuando la vida nos pide algo que duele.


Y Jesús le responde con una firmeza que nos sacude:

"No piensas como Dios sino como los hombres."

Pensar como los hombres es buscar la comodidad, evitar el sufrimiento, elegir siempre el camino más fácil. Pensar como Dios es ver más allá. Es descubrir que la vida más plena no es la más protegida sino la más entregada.


La cruz no es el fracaso del plan de Dios. Es el corazón del plan de Dios.

 

San Pablo lo confirma con una invitación que es todo un programa de vida:

"No se amolden a este mundo. Transfórmense por la renovación de su mente."


No dejen que el mundo les diga qué vale y qué no vale. No dejen que la cultura del confort les robe la profundidad y la capacidad de entrega.

El mundo ofrece comodidad a cambio de vaciedad. Dios ofrece plenitud a cambio de entrega. Y esas dos ofertas no se pueden confundir.

 

Hermanos, salgamos hoy con una sola pregunta honesta y necesaria:

¿Estoy viviendo para salvar mi comodidad o para encontrar mi vida de verdad?


No hay que responderla de golpe. Hay que llevarla esta semana. Dejarla reposar en silencio. Dejar que haga su trabajo por dentro.

Porque cuando uno vive la respuesta desde la fe, algo cambia para siempre.

La vida más plena no es la más cómoda.

Es la más entregada.

Amén.

 

 
 
 

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