
P. Marcelo Oliveira, SVD
XXX Domingo del Tiempo Ordinario
25 de octubre de 2026

Éxodo 22, 20-26 | 1 Tesalonicenses 1, 5-10 | Mateo 22, 34-40
“AMARÁS AL SEÑOR, TU DIOS, CON TODO TU CORAZÓN CON TODA TU ALMA y CON TODA TU MENTE”.
Llegamos al último domingo del mes misionero y del santo rosario con la enseñanza de Jesús para que conozcamos la suprema ley de la vida que es amar. En la oración en que profesamos nuestra fe decimos que “creemos en Dios Padre, todopoderoso creador del cielo y la tierra”; así, no hay otra forma de entender la razón en que ese ser todo poderoso se une a nosotros revelado en Cristo sino es para manifestar al mundo su amor.
Es cierto que la verdad divina revelada por Jesús no fue acepta por los líderes religiosos judíos, lo que hacía a todo el tiempo ser confrontado por los fariseos, maestros de la ley y otros grupos defensores de la religión judía tradicional. Delante de la sabiduría de Jesús manifestada junto a los saduceos, los fariseos nuevamente para provocar a Jesús preguntan a él sobre el mayor mandamiento de la ley.
Jesús le habla el mayor mandamiento pero además de eso, habla que el primer mandamiento es reconocer que Dios es todo para nosotros y por ese reconocimiento debemos amarlo con todo nuestro ser y con toda fidelidad, desde nuestro corazón, nuestra alma y nuestro entendimiento.
Pero Jesús, acrecienta todavía algo más, y acuerda que hay un segundo mandamiento semejante al primero que es: amar al prójimo como a ti mismo, es decir que nuestra relación con Dios no debe hacer que nos distanciemos uno del otro, pero sí hacer que estamos en comunión sostenidos por la fuerza del amor mutuo basado en la fe y la esperanza en la gracia amorosa y misericordiosa de Dios.
En la primera lectura tenemos un relato del libro del Éxodo (22, 20-26) respecto de la experiencia del pueblo en Egipto, donde está claro que la justicia y la misericordia se unen por la práctica de los que transmiten amor por las actitudes de cuidado a los más vulnerables representados en los extranjeros, viudas y huérfanos. Comprendamos entonces que nuestra fe se celebra con la vida y no solamente en los templos a través de los rituales litúrgicos.
En el salmo (17) encontramos una fuerte declaración de confianza en Dios, el salmista sabe que su refúgio está en el Señor y o aclama como fuerza y salvación en una oración de alabanza la cual se exalta en amor.
En la segunda lectura el apóstol Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses (1Ts 1, 5-10) destaca como ellos vivieron el proceso de discipulado primeramente por el compartir el sentido de la fe en comunidad y se convirtiendo según la revelación de Cristo que los hicieron abandonar los falsos dioses para acoger la Palabra libertadora que trae esperanza.
El mandamiento del amor resume toda la ley porque amar a Dios y al prójimo conduce uno al compromiso de actuar, proteger, compartir y defender la dignidad de todas las personas. Fue el más profundo sentimiento del deber de amar que surgió la ley religiosa que los judíos recibieron como fundamento originario de Moisés y que inspiró a los profetas a la misión de mantener el ánimo vivo del pueblo que caminaba en la espera de la plena manifestación de Dios.
Que esta eucaristía nos impulse y manifestar el amor que tenemos a Dios y a practicarlo como misión en una vida de comunión de hermanos siempre renovados por los valores que traen justicia y paz en un mundo herido que necesita conocer más y mejor a Jesús.
