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P. Marcelo Oliveira, SVD

Solemnidad de Todos los Santos

01 de noviembre de 2026

Apocalipsis 7,2-4.9-14 | Salmo 23 | 1 Juan 3,1-3 | Mateo 5,1-12


“ALEGRAOS Y REGOCIJAOS, PORQUE VUESTRA RECOMPENSA SERÁ GRANDE EN EL CIELO”


Este domingo que sería el trigésimo primero del tiempo ordinario coincide con el primero día de Noviembre el cual la Iglesia celebra la solemnidad de todos los santos. 


Todos nosotros como discípulos del Señor estamos llamados a la santidad, hay una característica en nuestra fe católica de confiar y buscar inspiración en la historia de personas que fueron ejemplos de amor a Dios por el seguimiento a Jesús y de servicio a los demás, sobre todo los que más necesitan y por ese ejemplo confiamos en lo que llamamos de comunión de los santos. 


La liturgia nos presenta para esta celebración el mensaje del inicio del sermón de la montaña donde Jesús enseña sobre las bienaventuranzas que en general nos dice felices los que esperan en Dios comprenden la verdad que él mismo nos revela y son fieles al cumplimiento de su plan para el bien de todos.


La literatura sagrada presenta los montes como lugar de oración, revelación y anúncio, en varias partes del evangelio encontramos Jesús en un monte sea a solo orando o sea orientando sus discípulos y la multitud que lo seguía como en el caso de las bienaventuranzas. 


La existencia humana es formada por tres tiempos que son el pasado, el presente y el futuro todos son importantes para reflexionar y perseverar en la vida, pero la enseñanza de Jesús en ese mensaje nos habla sobre una relación del presente y del fututo. 


A referencia la primera de Jesús es sobre el reino de los cielos que es una realidad junto aquellos que son pobres de espíritu, es decir los humildes, inocentes y frágiles que sufren la condenación de una sociedad que los ofende, explota y excluye. 


El reino también pertenece a los que son perseguidos por promover la justicia esos que viven del amor, que anuncian la paz y que contribuyen para una humanidad en comunión verdadera con Dios y que por eso los hombres no los aceptan.


Ya a otros, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz a esos las bienaventuranzas se realizarán a lo largo del camino de la vida donde siendo fieles a la verdad y perseverantes en el compromiso de discípulos, unidos en esperanza y constructores de la fraternidad todos contemplarán la alegría de hijos amados de Dios. 


Toda negación, ofensa o injuria que un discípulo sufrir por causa de su fidelidad a Cristo debe ser motivo de alegría y júbilo porque indica la certeza de que vivimos por la entrega a Dios y al servicio de su reino así confortémonos con lo dice Jesús: “alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.


La primera lectura (Ap 7, 2-4. 9-14), escribe a la multitud de los santos alrededor del trono celestial, lugar que, en el lenguaje apocalíptico, significa la morada de Dios. Provienen de todas las tribus de Israel, lo que simboliza que la corte celestial también es la morada de todos los santos, que llegan de todas partes. De este modo, las comunidades cristianas esparcidas por el mundo están en comunión con todos los que fueron fieles a la verdad de Dios a lo largo de toda la historia. 


El salmo (24) nos ayuda a contemplar dos principales atributos del Señor la soberanía y la santidad y nos lleva a entender lo que nos hace ser santos que es vivir en la presencia de Dios. En medio de la pregunta: ¿quién podrá subir al monte del Señor o entrar en su lugar santo? respondiendo que es aquel que tiene manos limpias, corazón puro, no se entrega a la vanidad ni jura falsamente. 


Esa persona recibe la bendición y la justicia de Dios. El texto de la segunda lectura (1Jo 1, 1-3) presenta los rasgos característicos de los hijos e hijas de Dios, que es el amor traducido en acciones y que de manera concreta nos conducen a la santidad.


Celebremos la solemnidad de todos los santos con propósito de vivir en santidad a través de acciones concretas de amor y comunión, purificados por la misericordia de Dios. 


Acojamos las bienaventuranzas como camino de la plenitud de nuestra vocación bautismal que es testimoniar a Jesús confiando en la gracia divina comprometidos con la formación del reino de la justicia y la paz.

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