XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
04 de octubre de 2026

Isaías 5,1-7 | Salmo 79 | Filipenses 4,6-9 | Mateo 21,33-43
Una madre dedicó veinte años de su vida a criar a sus hijos. Se levantaba antes que nadie. Trabajó, ahorró, sacrificó. Renunció a cosas que quería para darles lo que necesitaban.
Un día, ya con los hijos grandes, una vecina le preguntó cómo estaba.
La madre tardó en responder. Y luego dijo algo que la vecina no olvidó:
"Sembré mucho. No sé si coseché suficiente."
No lo dijo con amargura. Lo dijo con esa honestidad tranquila de quien mira hacia atrás y se pregunta si valió la pena todo lo que dio.
Esa pregunta de una madre es exactamente la pregunta que Dios nos hace hoy a través del profeta Isaías.
"¿Qué más pude hacer por mi viña que yo no lo hiciera?"
Es una de las frases más humanas que Dios pronuncia en toda la Biblia. No viene de un juez que amenaza. Viene de alguien que amó con todo y no entiende por qué ese amor no fue correspondido.
Dios describe con detalle todo lo que hizo. Removió la tierra. Quitó las piedras. Plantó las mejores cepas. Construyó una torre para protegerla. Hizo todo lo que se podía hacer.
Y la viña dio uvas agrias.
No siempre por mala intención. A veces simplemente por descuido. Por inercia. Por dejar que las cosas crezcan solas sin cuidarlas.
Jesús retoma esa imagen en el Evangelio y la lleva más lejos todavía.
Un dueño planta una viña con todo el cuidado del mundo. La cerca, la torre, el lagar. Todo pensado. Todo preparado. La confía a unos viñadores y se va.
Cuando llega el tiempo de la cosecha, manda a sus criados. Los maltratan. Manda más. Los tratan peor. Y al final, con una confianza que desafía toda lógica, manda a su propio hijo.
"A mi hijo lo respetarán."
No lo respetan. Lo matan.
Y Jesús pregunta qué hará el dueño. Y sus oyentes responden sin darse cuenta pronunciando el juicio que correspondía a su propia actitud.
Porque la parábola no es historia antigua. Es espejo.
Somos nosotros los viñadores. Hemos recibido una viña generosa y bien cuidada. Y la pregunta que Jesús nos devuelve hoy con suavidad, pero con claridad es:
¿Qué estamos haciendo con lo que recibimos?
No quiero que salgan sintiéndose culpables. Eso no es el propósito de estas lecturas.
Quiero que salgan sintiéndose responsables. Que es algo completamente diferente.
La culpa paraliza. La responsabilidad mueve.
Y San Pablo nos dice exactamente hacia dónde movernos:
"Aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuánto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso."
Eso es dar fruto. En el trabajo honesto. En la familia cuidada con paciencia. En la palabra dicha con verdad cuando sería más fácil callar. En el gesto pequeño de cada día que nadie aplaude pero que Dios ve.
Y añade Pablo algo que es pura promesa: "El Dios de la paz estará con ustedes."
No el Dios amenazante. El Dios de la paz. El que sigue cuidando su viña, aunque el fruto tarde. El que sigue esperando con la paciencia de quien ama de verdad.
La madre de la historia no recibió respuesta inmediata. Pero años después, uno de sus hijos le escribió contándole lo que había aprendido de ella sin darse cuenta. Cómo su manera de trabajar, de perdonar, de no rendirse, había formado en él algo que ningún colegio le hubiera enseñado.
A veces el fruto tarda. A veces no lo vemos. Pero está ahí.
Esta semana, honremos esa confianza con una sola cosa concreta. Un gesto de verdad. De justicia. De amabilidad. De honestidad.
Un pequeño fruto que diga que la viña del Señor no está abandonada.
Aquí estamos. Todavía creciendo.
Amén.
