XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
27 de septiembre de 2026

Cierre del Mes de la Biblia
Ezequiel 18,25-28 | Filipenses 2,1-11 | Mateo 21,28-32
En una comunidad de por aquí, había un hombre que durante años fue el más activo de la parroquia. Presidente del consejo pastoral. Lector en la Misa. Siempre con una opinión en las reuniones. Siempre con una propuesta. Siempre con las palabras correctas en el momento preciso.
Pero los que lo conocían de cerca sabían algo que él nunca decía en público. En su casa era otra persona. Con su esposa era distante. Con sus hijos era ausente. Con sus vecinos era frío.
Un día su hijo mayor, ya adulto, le dijo con mucho respeto, pero con mucha verdad:
"Papá, tú eres muy bueno en la iglesia. Pero yo necesitaba que fueras bueno en casa."
Esa frase lo cambió todo. El hombre se quedó en silencio largo rato. Y por primera vez en años, lloró.
Porque a veces la mayor distancia no es la que hay entre nosotros y Dios. Es la que hay entre lo que decimos ser y lo que realmente somos.
Jesús nos habla hoy de dos actitudes que todos reconocemos porque las llevamos por dentro.
El que dice que sí con facilidad, pero no actúa. Y el que en un primer momento dice que no pero después reconsidera, cambia y va.
No nos habla de personas malas. Nos habla de personas reales. Como ese hombre de la parroquia. Como nosotros muchas veces.
Y la pregunta de Jesús es directa y sin rodeos: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? No el que habló mejor. El que actuó mejor.
Eso nos incomoda. Porque en muchos momentos de nuestra vida somos expertos en decir las cosas correctas y lentos para vivirlas. Sabemos el lenguaje de la fe. Conocemos las oraciones. Respondemos en la Misa en los momentos precisos. Pero entre la boca y el corazón, entre el altar y la casa, a veces hay una distancia enorme.
Ezequiel lo confirma hoy con una claridad que no deja escapatoria. Dios no juzga por el punto de partida sino por la dirección del corazón. El que cambió de rumbo y actúa bien, ese vive. Lo que importa no es lo que fuimos sino lo que decidimos ser desde hoy.
Esa es una de las noticias más liberadoras del Evangelio. Nadie está condenado por su pasado. Nadie está descalificado por sus errores anteriores. Dios mira el corazón que se mueve, que cambia, que da un paso, aunque sea pequeño hacia el bien.
Y San Pablo nos muestra en Filipenses cómo se ve eso en la vida concreta. No en grandes gestos heroicos. En actitudes cotidianas. En no buscar solo el propio interés. En hacerse pequeño para servir. En tener los mismos sentimientos de Cristo que, siendo Dios, eligió el camino del siervo.
Eso es lo que distingue al que vive la fe del que solo la declama.
Hoy cerramos el mes de la Biblia. Septiembre ha sido un mes de acercarnos más a la Palabra de Dios. De escucharla con más atención. De intentar entenderla mejor.
Pero la Biblia no es un libro para admirar. Es una Palabra para vivir.
Una Biblia leída pero no practicada se parece al hijo que dijo que sí y no fue. Una Palabra escuchada con el corazón abierto y puesta en práctica es el hijo que dijo que no, pero terminó yendo.
La pregunta que cerramos este mes no es cuántas veces abrimos la Biblia en septiembre. Es si la Biblia nos cambió algo por dentro. Si esas palabras que leímos hicieron algo en nuestra manera de hablar, de perdonar, de servir, de estar presentes donde nos necesitan.
Esta semana, una sola cosa concreta.
Tomen una frase de la Palabra de Dios que los haya tocado este mes. Una sola. Y vívanla. En casa. Con la familia. Con el vecino. En el trabajo.
Que el mes de la Biblia no termine el último día de septiembre.
Que la Palabra de Dios siga caminando con nosotros todos los días del año.
Porque ella no vuelve vacía. Siempre da fruto.
Siempre que la dejemos entrar de verdad.
Amén.
