XXV Domingo del Tiempo Ordinario
20 de septiembre de 2026

Isaías 55,6-9 | Filipenses 1,20c.24.27a | Mateo 20,1-16
Hay una historia de una mamá que tenía cinco hijos. Todos diferentes. Uno era estudioso, responsable, nunca daba problemas.
Otro era inquieto, impulsivo, cometía errores con frecuencia. El tercero se había alejado de casa durante años.
Los otros dos estaban en el medio, ni muy buenos ni muy problemáticos.
Un día la mamá enfermó gravemente. Y cuando los cinco llegaron al hospital, algo sorprendió a todos
La mamá los miró a los cinco exactamente igual. Con la misma ternura. Con el mismo amor. Sin hacer diferencias.
Sin recordarle a ninguno sus errores. Sin premiar al más obediente ni reprocharle al más difícil.
El hijo responsable, que nunca había dado problemas, le preguntó en un momento a solas: "Mamá, ¿cómo puedes querernos igual a todos si no hemos sido iguales?"
Y ella respondió con una sencillez que lo dejó sin palabras:
"Porque son mis hijos. No los quiero por lo que hacen. Los quiero por lo que son.
Esa mamá entendió algo que a nosotros nos cuesta mucho entender de Dios.
Jesús nos cuenta hoy la parábola de los trabajadores de la viña. Y lo primero que nos incomoda es el final: todos reciben lo mismo, aunque no trabajaron lo mismo.
Los que llegaron de madrugada protestan. Es comprensible. Según la lógica del mundo, tienen razón. Más horas, más pago. Más esfuerzo, más recompensa. Más méritos, más premio.
Pero el dueño de la viña les responde con una pregunta que es el corazón de toda la parábola:
"¿Acaso no tengo derecho a hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que tú tienes envidia porque yo soy bueno?"
Bueno. Esa es la palabra que Jesús quiere que escuchemos hoy. No justo según nuestros cálculos. Bueno según la lógica de Dios.
El dueño no paga por horas trabajadas. Paga porque todos necesitan lo mismo para vivir. Todos tienen familia que alimentar. Y él se asegura de que a nadie le falte lo necesario.
No es un contrato laboral. Es un gesto de amor que desborda cualquier lógica humana.
Y aquí está el problema que Jesús quiere resolver en nosotros
Muchos crecimos con una imagen de Dios que pesa demasiado. Un Dios que lleva la cuenta. Que anota cada error.
Que al final nos va a presentar la factura de todo lo que hicimos mal. Un Dios al que hay que ganarse con buenas obras y méritos acumulados.
Vivir con ese Dios en la cabeza es una carga destructiva. Genera miedo. Genera culpa permanente.
Genera esa sensación de que nunca somos suficientes, de que Dios siempre está un poco decepcionado de nosotros.
Pero ese no es el Dios de Jesús.
Isaías nos lo dice con una claridad que libera: "Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes.
Mis caminos no son sus caminos." La distancia entre la lógica de Dios y la nuestra es como la distancia entre el cielo y la tierra.
Y esa diferencia siempre es para más. Nunca para menos.
El trabajador que llegó a última hora no tenía méritos. No tenía horas acumuladas. Solo tenía su necesidad.
Y eso fue suficiente.
Como los cinco hijos de aquella mamá enferma. No los quería por lo que habían hecho. Los quería por lo que eran.
Eso somos nosotros ante Dios. Hijos. No empleados. No deudores.
Hijos a los que Dios ama no por lo que hacemos sino por lo que somos.
Y eso cambia todo.
Hermanos, esta semana suelten esa imagen del Dios que lleva la cuenta. No les sirve. No es verdadera. Y les hace daño.
Abracen al Dios bueno de Jesús. Al que acoge, aunque lleguemos tarde. Al que nos da lo necesario no porque lo ganamos sino porque somos suyos.
La única respuesta posible ante ese Dios no es el miedo.
Es la confianza.
Amén.
