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XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

13 de septiembre de 2026

Eclesiástico 27, 33-28, 9 | Romanos 14, 7-9 | Mateo 18, 21-35


En un pueblo de la región, dos compadres llevaban tres años sin hablarse. Nadie recordaba exactamente por qué había empezado todo. Alguien decía que fue por una palabra mal dicha en una fiesta. Otro decía que fue por un chisme que llegó distorsionado. El caso es que un día dejaron de saludarse. Y ese silencio fue creciendo hasta convertirse en un muro.


Sus familias también se dividieron. Sus hijos, que habían crecido juntos, ya no jugaban. Sus esposas evitaban encontrarse en el mercado. En la iglesia se sentaban en bancas diferentes.


Todo por una palabra. Quizás ni siquiera dicha con mala intención.


Un día murió el padre de uno de ellos. Y el otro, al enterarse, sintió que algo se le movió por dentro. Fue al velorio. Se sentó al lado de su compadre. No dijo nada. Solo puso la mano sobre su hombro.


Y ese gesto pequeño rompió tres años de silencio.

Hermanos, ¿cuántas veces hemos visto eso? ¿Cuántas familias conocemos donde dos personas dejaron de hablarse por algo que con el tiempo ya nadie recuerda bien?


Dejar de hablarle a alguien por una ofensa pequeña es más grave de lo que parece. Porque no es solo silencio. Es una decisión de tratar a esa persona como si no existiera. Es negarle la dignidad de ser reconocida. Es construir un muro que con el tiempo se hace tan grueso que ya nadie sabe cómo derribarlo.


Y mientras ese muro existe, los dos lados sufren. Aunque ninguno lo admita.


El libro del Eclesiástico nos dice hoy algo que duele porque es verdadero: "El rencor y la ira son cosas abominables. El pecador las conserva." Y luego nos hace la pregunta más directa que podemos recibir: "¿Cómo puede pedir misericordia a Dios el que guarda rencor a otro hombre?"


Es una pregunta que no tiene respuesta cómoda. Porque todos pedimos misericordia a Dios. Todos queremos que Dios nos perdone nuestras faltas. Pero a veces somos incapaces de hacer por nuestro hermano lo que le pedimos a Dios que haga por nosotros.


Jesús lo dice en el Evangelio con la parábola más directa que existe sobre el perdón.


Un rey condona una deuda imposible de pagar. Una deuda tan grande que ningún ser humano podría saldarla en toda su vida. Y ese hombre, recién perdonado, sale y encuentra a un compañero que le debe una cantidad pequeñísima. Lo agarra del cuello. No escucha sus súplicas. Lo manda a la cárcel.


Cuando el rey se entera, lo llama y le dice algo que nos debería quedar grabado para siempre:

"Te perdoné toda aquella deuda. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero?"


Esa es la pregunta de hoy. No para juzgar a nadie. Para mirarnos honestamente por dentro.


Dios nos ha perdonado deudas enormes. Cosas de las que nos avergonzamos. Momentos oscuros que solo Él y nosotros conocemos. Y los ha borrado. Con una generosidad que no merecíamos.


Y a veces, con toda esa misericordia recibida, no somos capaces de perdonar una palabra mal dicha. Un malentendido. Una torpeza humana de quien tampoco era perfecto.


San Pablo nos recuerda hoy que ninguno de nosotros vive para sí mismo. Que somos del Señor. Que un día todos tendremos que dar cuenta de nuestra vida.


Y en ese momento, lo que más importará no será cuántas veces fuimos a misa. Sino cuántas veces fuimos capaces de romper un silencio con un gesto de amor.


Como ese compadre que fue al velorio y puso la mano en el hombro.


El Salmo de hoy nos regala la oración más hermosa para cerrar esta homilía:

"El Señor es compasivo y misericordioso."

Él lo es con nosotros. Cada día. Sin cansarse. Sin llevar la cuenta.


La pregunta que nos llevamos a casa es sencilla:

¿Podemos serlo nosotros con los demás, aunque sea un poco?


Esta semana, piensen en esa persona con quien tienen un silencio pendiente. No tienen que resolver todo de golpe. Comiencen con un gesto pequeño.

Como una mano en el hombro.

Como el Señor, que es compasivo y misericordioso.

Amén.

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