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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

06 de septiembre de 2026

Ezequiel 33, 7-9 | Romanos 13, 8-10 | Mateo 18, 15-20


En una comunidad rural, un grupo de cinco personas se reunía cada semana en la sala de una casa pequeña. No tenían micrófono ni proyector. No tenían sacerdote residente ni edificio propio. Solo una Biblia, unas sillas y las ganas de encontrarse. 


Los vecinos los miraban con curiosidad. Algunos con escepticismo. ¿Qué podían hacer cinco personas en una sala?


Diez años después, esa comunidad había acompañado a familias en crisis, visitado enfermos, reconciliado a matrimonios rotos y traído de vuelta a la fe a jóvenes que se habían alejado.

Nadie lo hubiera apostado. Pero Jesús sí lo sabía desde el principio.


Hoy Jesús nos regala una promesa que parece pequeña pero que lo cambia todo:

"Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos."


No dice en la Plaza de San Pedro con miles de personas. No dice en la catedral más grande del mundo. Dice donde dos o tres. Una sala pequeña. Una familia reunida. Un grupo de vecinos que se juntan para escuchar la Palabra.

Lo que importa no es el número. Lo que importa es el nombre bajo el cual se reúnen.


Reunirse en nombre de Jesús no es simplemente mencionar su nombre al comenzar. Es reunirse atraídos por su persona. Orientados por su Evangelio. Comprometidos con su proyecto de hacer el mundo más humano, más justo, más fraterno.


Cuando eso ocurre, Jesús está ahí. No como recuerdo del pasado. Como presencia viva que anima, guía y sostiene.

Ezequiel nos recuerda hoy algo que nos toca de cerca. Dios le dice al profeta: si ves que alguien va por mal camino y no lo adviertes, su sangre caerá sobre ti. Pero si lo adviertes y no te escucha, tú habrás cumplido tu misión.


Es una imagen fuerte. Pero apunta a algo que Jesús desarrolla en el Evangelio con mucha delicadeza: la responsabilidad que tenemos los unos por los otros dentro de la comunidad.


Jesús no nos pide que seamos jueces. Nos pide que seamos hermanos. Que cuando alguien falla, vayamos a hablar con esa persona. Primero solos. Con respeto. Con amor. Sin hacer el problema más grande de lo que ya es.


Eso es lo que hace una comunidad viva. No ignora las heridas. No las esconde. Las atiende con la misma ternura con que un buen médico atiende una herida del cuerpo.


San Pablo lo resume todo con una sola frase que es puro Evangelio:

"El amor no hace ningún mal al prójimo. El amor es la plenitud de la ley."


No hace falta una lista larga de mandamientos si el amor es el centro. Porque el amor no roba, no miente, no hiere, no abandona. El amor busca, acompaña, corrige con ternura y perdona sin calcular.


Eso es lo que debería definir a cualquier comunidad cristiana. No el tamaño. No los programas. No los edificios. El amor concreto entre personas concretas.


Hermanos, hoy Jesús nos hace una pregunta que vale la pena llevar a casa:

¿Nos reunimos por costumbre o nos reunimos en su nombre?

Porque hay una diferencia enorme entre los dos. Los que se reúnen por costumbre hacen ruido pero no transforman nada. Los que se reúnen en su nombre, aunque sean pocos, cambian todo lo que tocan.


Como aquellos cinco de la sala pequeña.

Como nosotros, si lo decidimos de verdad.

Amén.

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