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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

02 de agosto de 2026

Isaías 55,1-3 | Romanos 8,35.37-39 | Mateo 14,13-21

 

Hay un hambre que no se llena con comida.

Todos la hemos sentido alguna vez. Uno tiene trabajo, familia, techo, y sin embargo hay algo por dentro que falta. Un vacío raro que no termina de llenarse con nada. Uno busca, prueba, se distrae. Pero el vacío sigue ahí.

Hoy las lecturas nos hablan precisamente de esa hambre. Y nos dicen dónde encontrar lo que necesitamos.


Isaías sale a la calle con una imagen que me encanta. Dios grita como vendedor en el mercado, pero vende algo completamente distinto:

"Vengan a comprar sin dinero y sin pagar. Vengan, coman y beban."


Dios no pide que llegues con todo resuelto. No pide historial limpio ni méritos acumulados. Solo pide que vengas. Con tu hambre. Con tu sed. Con tu vacío.

Y luego hace el reproche más tierno del mundo: "¿Por qué gastan su dinero en lo que no alimenta y su trabajo en lo que no sacia?"


Cuántas veces buscamos llenar ese vacío con cosas que no pueden llenarlo. El trabajo que se vuelve obsesión. El teléfono que nos roba horas y nos deja igual de vacíos. Las distracciones que entretienen, pero no sacian.


Y Dios nos mira con paciencia infinita y nos dice: "Vengan a mí. Yo tengo lo que buscan."

Jesús lo demuestra en el Evangelio con una escena que parece sencilla pero que tiene una profundidad enorme.


Está cansado. Acaba de recibir la noticia de la muerte de Juan el Bautista. Quiere retirarse a descansar. Pero la gente lo sigue. Miles de personas con sus enfermos, sus problemas, sus hambres de todo tipo.

Y Jesús pudo haber dicho: hoy no. Hoy necesito descanso.


Pero no. El Evangelio dice que cuando vio a la multitud se compadeció. Algo se le movió por dentro. El dolor de ellos lo tocó a Él.

Así ama Dios. No desde la distancia. Desde las entrañas.


Al atardecer los discípulos le dicen lo razonable: "Manda a la gente que se vaya a comprar comida." Y Jesús los mira y les dice algo que resuena hoy igual que entonces:

"Denles ustedes de comer."


Los discípulos hacen el inventario: cinco panes, dos peces. Casi nada para tanta gente. Y se lo dicen a Jesús con esa mezcla de honestidad y derrota que todos conocemos: "No tenemos más que esto."


Y Jesús responde: "Tráiganmelo."

Esa es la clave. No les pide que resuelvan el problema. Les pide que pongan en sus manos lo poco que tienen. Levanta los ojos al cielo, bendice, parte y reparte. Y cinco mil personas comen hasta saciarse. Y sobran doce canastas.

Hermanos, eso mismo pasa aquí en esta Eucaristía cada domingo.


Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. Y ese pan pequeño y humilde tiene más poder para saciar el hambre profunda del alma que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecernos.


San Pablo lo confirma con una certeza que viene de haberlo vivido: "Ni la tribulación, ni la angustia, ni la muerte podrán separarnos del amor de Dios."

Nada. Absolutamente nada.


Salgamos hoy con una sola cosa clara.

Ese vacío que a veces sentimos por dentro no es un defecto. Es una señal. Es el alma diciéndonos que fuimos hechos para algo más grande que lo que el mundo ofrece.


Tráele a Jesús lo poco que tienes. Tu cansancio. Tu miedo. Tu fe pequeña. Tu corazón roto.

Él lo toma. Lo bendice. Lo multiplica.

Y siempre alcanza para todos.

Amén.


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