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XVI Domingo del Tiempo Ordinario

19 de julio de 2026

Sabiduría 12, 13.16-19 · Romanos 8, 26-27 · Mateo 13, 24-43

Dios siembra semillas, no frutos maduros


Un niño le dijo una vez a su párroco: "Dios me hizo pequeño, y el resto lo crecí yo solito." Esa respuesta tan sencilla guarda una teología profunda: Dios pone la semilla; a nosotros nos toca cultivarla.


Cuentan que alguien soñó una vez con una tienda en la plaza del pueblo. El rótulo decía: "Regalos de Dios." Un ángel atendía. Le preguntó qué vendía. "Todos los dones de Dios: amor, perdón, esperanza, fe, salvación." "¿Cuánto cuestan?" "Nada, son gratis." Pidió un poco de cada uno, y todo se lo entregaron en una cajita diminuta. Sorprendido, preguntó si eso era todo. El ángel respondió: "Dios nunca da frutos maduros. Solo da semillas pequeñas. A cada uno le toca cultivarlas."


Eso es justamente lo que Jesús nos enseña hoy con sus parábolas. El Reino de los cielos es como un grano de mostaza, la semilla más pequeña, que se convierte en árbol. Es como la levadura, invisible en la masa, que la hace crecer entera. Dios no nos entrega la fe hecha, terminada, madura. Nos entrega la semilla. Y crecer —crecer como creyentes, como hijos de Dios, como Iglesia— es tarea de toda la vida.


La primera lectura, del libro de la Sabiduría, nos revela el estilo de Dios: dueño de toda su fuerza, juzga con equidad y gobierna con gran indulgencia. Dios tiene todo el poder, pero actúa con paciencia. No aplasta, no arranca de un golpe. Da tiempo. Ese es el corazón de la parábola del trigo y la cizaña: dejen que crezcan juntos hasta la siega. No porque a Dios le sea indiferente el mal, sino porque su paciencia busca la conversión, no la destrucción.


Y aquí está el punto que más nos cuesta como cristianos: no somos nosotros los dueños del campo. En nuestras familias, en nuestra comunidad, en nuestra propia vida, hay trigo y hay cizaña mezclados. Y muchas veces queremos arrancar la cizaña ajena antes de tiempo: juzgamos, etiquetamos, condenamos. Este es bueno, aquel es malo. Jesús nos pide otra cosa: paciencia. No la paciencia de quien se cruza de brazos, sino la paciencia de quien confía en que Dios sabe esperar la cosecha mejor que nosotros.


Eso no significa que nos quedemos tranquilos con la cizaña que crece en nuestro propio corazón. Al contrario: cada domingo venimos a la Iglesia justamente para eso, para reconocer nuestra cizaña —el orgullo, la pereza, la falta de perdón, la infidelidad— y pedir fuerza para arrancarla. 


Cuando un esposo renueva su promesa de fidelidad, arranca una cizaña. Cuando una madre perdona una ofensa vieja, arranca una cizaña. Cuando alguien vuelve a confesarse después de años, arranca una cizaña. Ese es el trabajo de toda la vida: dejar que el trigo bueno vaya ganando espacio.


Y para esa tarea no estamos solos. San Pablo, en la segunda lectura, nos regala una de las verdades más consoladoras de toda la Escritura: el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, e intercede por nosotros con gemidos inefables. 


Cuando no sabemos ni qué pedir, cuando nos sentimos pequeños, cansados, incapaces de cambiar, el Espíritu ora dentro de nosotros. No estamos solos cultivando la semilla. Dios mismo trabaja en nosotros, con nosotros, por nosotros.


Hermanos, no se desanimen si se sienten pequeños ante Dios, ante la sociedad, ante la vida. Dios no busca frutos maduros de entrada; busca corazones dispuestos a dejar crecer la semilla. Vengan a la Iglesia a eso: a reconocer su cizaña, a pedir ayuda al Espíritu, y a confiar en que, con paciencia, esa semilla pequeña de hoy será, mañana, sombra para muchos. Amén.

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