XIX Domingo del Tiempo Ordinario
9 de agosto de 2026

1Reyes 19, 9.11-13; Salmo 84; 2Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33
1. Hecho de vida
Cuentan de un hombre internado en un hospital psiquiátrico que estaba convencido de ser Jesucristo. Ningún médico lograba hacerlo entrar en razón. Un día, el doctor le pidió que extendiera los brazos y lo midió de lado a lado, y luego de la cabeza a los pies. Salió y volvió con un martillo y unos clavos.
El hombre, nervioso, preguntó qué estaba haciendo. "Usted es Jesucristo, ¿no es cierto?", respondió el médico mientras armaba una cruz. "Entonces ya sabe lo que sigue."
El paciente gritó, aterrado: "¡Espere, espere! Yo no soy Jesucristo. Yo soy Félix Jiménez." En un segundo, recuperó su verdadero nombre. El miedo a la cruz le devolvió la identidad que había perdido.
A veces a nosotros también se nos olvida quiénes somos. No porque perdamos la razón, sino porque, en medio de tantas responsabilidades, tantas cargas y tantas tormentas de la vida, terminamos creyendo que todo depende solamente de nuestras propias fuerzas, como si tuviéramos que ser nosotros mismos quienes salven la situación, quienes lo carguen todo, quienes no puedan fallar nunca.
2. Mensaje de Dios
En el Evangelio, los discípulos van solos en la barca, en medio de una tormenta, mientras Jesús ora en el monte. Cuando lo ven caminar sobre el agua, se llenan de miedo. Y Pedro hace algo hermoso: se atreve a salir de la barca. Pero no para ser Jesús, sino para caminar hacia Él.
Ahí está la clave de hoy: nosotros no estamos llamados a ser Cristo, cargando solos el peso del mundo. Estamos llamados a caminar hacia Cristo, que ya viene a nuestro encuentro en medio de la tormenta.
Y el profeta Elías nos enseña dónde encontrarlo: no en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en una brisa suave, casi un susurro. Dios no grita para hacerse notar. Dios habla bajito, y por eso muchas veces su voz se pierde entre el ruido de nuestras propias tormentas: el miedo, el cansancio, la prisa, la desconfianza.
Pedro se hunde no porque el mar sea más fuerte que Jesús, sino porque deja de mirarlo a Él y mira el viento. Esa es también nuestra tentación: soltar la mano de Dios pensando que ya no viene.
3. Ahora nosotros qué
Esta semana no intente ser el salvador de todos sus problemas. Recuerde su verdadero nombre: usted es hijo o hija de Dios, no está solo en la barca.
Le propongo algo sencillo: cada día, en algún momento de silencio —camino al trabajo, antes de dormir, en la fila del mercado— repita despacio esta oración corta: "Señor, aumenta mi fe." Solo eso. Y cuando sienta que el viento arrecia, en lugar de intentar controlarlo todo, extienda la mano como Pedro y deje que sea Jesús quien lo sostenga.
Porque la fe no consiste en no hundirnos nunca. Consiste en saber, incluso hundiéndonos, a quién tenderle la mano.
Ánimo. Es Él. No teman.
