top of page

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

28 de junio de 2026

2 Reyes 4, 8-11.14-16ª, Romanos 6, 3-4.8-11, Mateo 10, 37-42


Queridos hermanos y hermanas:

Hace unos años escuché una historia muy sencilla que me hizo pensar. Una señora mayor vivía sola. Sus hijos estaban lejos y casi no recibía visitas. Un día un vecino llamó a su puerta únicamente para preguntarle cómo estaba. Se quedó unos minutos conversando con ella, le ayudó a cambiar un foco y antes de irse le dijo: "Si necesita algo, aquí estoy."


Cuando aquel hombre se fue, la señora comentó con lágrimas en los ojos: "Hoy sentí que Dios se acordó de mí."

Quizás aquel vecino nunca imaginó que un gesto tan pequeño podía significar tanto para otra persona.

Y eso es precisamente lo que Jesús quiere enseñarnos en el Evangelio de hoy.


Dice: "El que los recibe a ustedes, a mí me recibe... y el que dé aunque sea un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, no quedará sin recompensa."


¡Qué hermoso!

Jesús se identifica con las personas. Cuando acogemos a alguien, estamos acogiendo al mismo Cristo.

Vivimos en un mundo donde muchas personas tienen de todo, pero les falta lo más importante: alguien que las escuche, alguien que las visite, alguien que les haga sentir que no están solas.


Hay enfermos esperando una visita.

Hay ancianos esperando una llamada.

Hay jóvenes esperando que alguien crea en ellos.

Hay matrimonios que necesitan una palabra de ánimo.

Hay personas que llegan a la iglesia buscando esperanza.

Y Jesús nos dice que cada vez que abrimos el corazón a uno de ellos, es Él mismo quien entra en nuestra vida.


La primera lectura nos presenta a una mujer extraordinaria: la mujer de Sunem.

Ella vio pasar al profeta Eliseo muchas veces y descubrió que era un hombre de Dios. Podía haber seguido de largo, como si nada. Sin embargo, hizo algo muy sencillo: abrió la puerta de su casa.


Después convenció a su esposo de construirle un pequeño cuarto para que pudiera descansar cuando pasara por allí.

Qué hermoso gesto.


No era una mujer rica que hacía ostentación de sus bienes.

Era una mujer que entendió que la fe también se vive compartiendo.


No preguntó qué iba a recibir a cambio.

Simplemente acogió.

Y Dios bendijo generosamente su hogar.

Eso nos hace pensar.


¿Cómo son las puertas de nuestra casa?

¿Están abiertas para quien necesita ayuda?

¿Hay espacio para escuchar?

¿Hay tiempo para acompañar?


Porque muchas veces creemos que servir a Dios consiste solamente en rezar mucho. Pero Jesús nos recuerda que también se sirve a Dios cuando abrimos espacio en nuestra vida para los demás.


Después encontramos unas palabras que pueden parecernos fuertes: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí."

Jesús no está diciendo que dejemos de amar a nuestra familia.


Todo lo contrario.

Nos está enseñando que cuando Dios ocupa el primer lugar, aprendemos a amar mejor.


Quien pone a Cristo en el centro termina siendo un mejor esposo, una mejor esposa, un mejor hijo, un mejor padre, un mejor vecino.


Porque el amor de Dios ordena todos los demás amores.

Cuando Cristo está primero, desaparecen muchos egoísmos.

Aprendemos a perdonar.

Aprendemos a servir.

Aprendemos a compartir.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que por el Bautismo hemos muerto al pecado y hemos resucitado con Cristo.


Eso significa que nuestra vida ya no puede ser igual.

No basta con decir: "Soy católico."

No basta con venir a misa cada domingo.

El Bautismo nos compromete a vivir como Jesús.

Y Jesús pasó haciendo el bien.

Por eso el cristiano no puede vivir encerrado en sí mismo.

Debe salir al encuentro del otro.

Debe tender la mano.

Debe construir puentes.

Debe sembrar esperanza.


Hoy nuestra sociedad necesita más personas como la mujer de Sunem.

Personas capaces de abrir las puertas de su casa y también las puertas del corazón.


Necesitamos comunidades donde nadie se sienta extraño.

Parroquias donde quien llega encuentre acogida.

Familias donde siempre haya lugar para el diálogo.

Porque muchas veces Cristo no tocará nuestra puerta vestido de rey.


Llegará en el rostro de un enfermo.

De un pobre.

De un migrante.

De un vecino que necesita ser escuchado.

De un joven que busca orientación.

De un niño que necesita cariño.

Y allí estaremos nosotros para decidir si abrimos o cerramos la puerta.


Pidámosle hoy al Señor que nos conceda un corazón acogedor.

Que nunca nos acostumbremos al sufrimiento ajeno.

Que sepamos descubrir a Cristo escondido en cada hermano.


Y recordemos siempre esta verdad:

Cada vez que abrimos la puerta de nuestro corazón para servir a alguien con amor, es Cristo mismo quien entra en nuestra vida.

Amén.

MISIONEROS

DEL VERBO DIVINO

REGIÓN CENTROAMERICANA

Casa Central:
Alcalde Díaz, Ciudad de Panamá, Panamá
Apartado postal 0850-562

Tel.: (507)  268 0542

  • Facebook
  • Instagram
  • YouTube
  • Spotify

© 2026 SVD CAM | Misioneros del Verbo Divino - Región Centroamericana 

bottom of page