XII Domingo Ordinario
21 de junio de 2026

Jeremías 20, 10-13; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33
Hermanos y hermanas, cuentan que un niño pequeño tenía miedo de dormir solo. Cada noche llamaba a su mamá y le decía: “Mamá, tengo miedo, quédate conmigo”. La mamá se sentaba a su lado, le acariciaba la cabeza y le decía: “No tengas miedo, yo estoy aquí”. El cuarto seguía oscuro, los ruidos de la noche seguían allí, pero el niño se calmaba. ¿Por qué? Porque sabía que no estaba solo.
Algo parecido nos dice hoy la Palabra de Dios. Los problemas no desaparecen de golpe. Las críticas siguen, las enfermedades siguen, las preocupaciones siguen, las luchas de cada día siguen. Pero cuando uno sabe que Dios está con uno, el miedo ya no manda igual.
Por eso hoy Jesús nos repite en el Evangelio: “No tengan miedo”. Y lo dice varias veces, porque sabe que el miedo se mete fácilmente en el corazón. Miedo al futuro, miedo a enfermar, miedo a fracasar, miedo al qué dirán, miedo a perder a alguien, miedo a quedarse solo, miedo a vivir la fe en un mundo que muchas veces se burla de Dios.
En la primera lectura, el profeta Jeremías también tuvo miedo. No era un hombre de piedra. Escuchaba cómo hablaban mal de él. Sabía que lo vigilaban, que esperaban verlo caer. Pero en medio de esa situación tan dura, Jeremías pronuncia una frase llena de fe: “El Señor está conmigo como fuerte guerrero”. Esa es la clave. Jeremías no dice: “Yo puedo con todo”. Dice: “El Señor está conmigo”.
Y esa es también nuestra fuerza. Porque muchas veces queremos cargar la vida solos. Queremos resolverlo todo, entenderlo todo, controlar todo. Pero llega un momento en que el corazón se cansa. Por eso necesitamos aprender a decir como Jeremías: “Señor, a ti encomiendo mi causa”. A ti encomiendo mi familia. A ti encomiendo mi salud. A ti encomiendo mis problemas. A ti encomiendo aquello que yo no puedo resolver.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que el pecado entró en el mundo y trajo muerte, pero la gracia de Dios fue mucho más grande. El mal existe, sí. El pecado hace daño, sí. La fragilidad humana nos golpea, sí. Pero la misericordia de Dios es más fuerte que nuestras caídas. La gracia de Cristo es más grande que nuestra debilidad.
A veces uno se siente indigno, cansado, pecador, como si ya no tuviera derecho a acercarse a Dios. Pero Dios no nos ama porque somos perfectos. Nos ama para levantarnos. Cristo no vino para condenarnos, sino para salvarnos. La invitación de Dios sigue abierta, con nuestro nombre y apellido.
En el Evangelio, Jesús también dice: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Esto no significa vivir buscando pleitos ni enfrentamientos. El cristiano no anuncia el Evangelio con arrogancia ni con violencia. Pero tampoco puede esconder su fe por miedo al qué dirán.
Hoy da miedo decir que uno cree. Da miedo defender la verdad. Da miedo ser honrado cuando otros se aprovechan. Da miedo ser fiel cuando muchos se burlan de la fidelidad. Da miedo educar a los hijos en valores cuando el ambiente empuja hacia otra cosa. Da miedo levantarse el domingo para ir a misa mientras otros dicen que eso ya no hace falta. Pero Jesús nos dice: no tengan miedo.
Ser cristiano es aprender a vivir con libertad. Y la verdadera libertad no es hacer lo que me da la gana. La verdadera libertad es no dejar que el miedo, la moda, la presión de los demás o el pecado manden sobre mi conciencia. Libre es quien puede decir: yo quiero vivir según Dios, aunque no todos me entiendan.
Y Jesús nos regala una imagen bellísima: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados”. Es decir, Dios nos conoce por completo. Nada de nuestra vida le es indiferente. Él sabe lo que callamos, lo que sufrimos, lo que nos preocupa, lo que nos cuesta. Para Dios no somos un número. Somos hijos amados.
Por eso, hermanos, no guardemos la fe como algo privado que no toca la vida. La Palabra que hemos recibido es para compartirla. No se impone, se ofrece. No se grita, se testimonia. No se usa para humillar, sino para levantar.
Pidámosle hoy al Señor que nos ayude a cruzar esa frontera que separa el miedo de la confianza. Que nos dé un corazón firme como el de Jeremías, humilde como el de Cristo y lleno de esperanza. Y cuando el miedo quiera dominarnos, repitamos con fe: el Señor está conmigo. ¿A quién voy a temer? Amén.
