V Domingo de Cuaresma
15 de marzo de 2026

Ezequiel 37, 12-14; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 1-45
1. Hecho de vida
Cuentan una historia muy sencilla pero muy profunda.
Una serpiente mordió a un muchacho y el veneno comenzó a recorrer su cuerpo.
El muchacho murió, y sus padres llenos de dolor llevaron su cuerpo al sacerdote.
Los tres se sentaron alrededor del niño y comenzaron a llorar.
Después de un rato el padre se levantó, puso sus manos sobre los pies del muchacho y dijo:
“Durante toda mi vida no he trabajado por mi familia como debía.”
En ese momento, dice el relato, el veneno abandonó los pies del muchacho.
Luego la madre se levantó, puso sus manos sobre el corazón de su hijo y dijo:
“Durante toda mi vida no he amado a mi familia como debía.”
Y el veneno abandonó el corazón del muchacho.
Finalmente, el sacerdote se levantó, puso sus manos sobre la cabeza del niño y dijo:
“Durante toda mi vida no he creído de verdad en lo que he predicado.”
Y el veneno abandonó la cabeza del muchacho.
El muchacho se levantó…
y aquel día hubo una gran alegría en el pueblo.
El veneno de esta historia representa algo que todos conocemos muy bien:
el pecado, el egoísmo, las heridas, las cosas que van apagando la vida por dentro.
Porque hay algo que debemos reconocer con sinceridad:
uno puede estar vivo por fuera…
pero muerto por dentro.
Y entonces hoy la Palabra de Dios nos hace una pregunta fuerte:
El domingo pasado preguntábamos:
¿acaso no hay ningún ciego entre nosotros?
Hoy la pregunta es otra:
¿Acaso no hay también muertos entre nosotros?
2. Mensaje de Dios
El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más conmovedoras de la vida de Jesús.
La muerte de Lázaro.
Lázaro era amigo de Jesús.
Amigo de Marta.
Amigo de María.
Cuando Jesús llega, Lázaro ya lleva cuatro días en el sepulcro.
Y sucede algo muy humano.
El Evangelio dice una frase muy corta pero muy poderosa:
“Jesús lloró.”
Jesús llora.
Llora por su amigo.
Llora por el dolor de Marta y María.
Llora por la muerte.
Eso nos muestra algo muy hermoso.
Dios no es un Dios frío.
Dios no es indiferente al dolor humano.
Dios llora con nosotros.
Pero Jesús no se queda en el llanto.
Se acerca a la tumba.
Y grita con voz fuerte:
“¡Lázaro, sal fuera!”
Y el muerto sale.
Con los pies y las manos atados.
Entonces Jesús dice algo muy importante:
“Desátenlo y déjenlo andar.”
Jesús no vino solamente a consolar.
Jesús vino a dar vida.
Por eso dice una de las frases más fuertes del Evangelio:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
No dice “yo conozco la vida”.
Dice:
Yo soy la vida.
San Pablo lo dice hoy en la segunda lectura:
El Espíritu de Dios es el que da vida.
El Espíritu es el que levanta.
El Espíritu es el que saca al ser humano de sus tumbas interiores.
Y el profeta Ezequiel lo había anunciado siglos antes:
“Yo abriré sus tumbas y los sacaré de ellas.”
Dios no quiere hijos encerrados en tumbas.
Dios quiere hijos vivos.
3. Nueva vida
Hoy el Evangelio nos invita a mirar nuestra propia vida.
Porque todos tenemos alguna tumba.
Tal vez la tumba de la tristeza.
Tal vez la tumba del resentimiento.
Tal vez la tumba del pecado.
Tal vez la tumba del cansancio espiritual.
Tal vez la tumba de una fe que se ha ido apagando.
Todos, de alguna manera, conocemos lo que es vivir un poco enterrados.
Pero hoy Jesús vuelve a decirnos lo mismo que dijo frente a la tumba de Lázaro:
“Sal fuera.”
Sal fuera de la desesperanza.
Sal fuera de la rutina.
Sal fuera del miedo.
Sal fuera de lo que te quita la vida.
Porque Jesús no vino para que sobrevivamos.
Jesús vino para que tengamos vida en abundancia.
Y hay algo muy hermoso.
Los bautizados ya vivimos la vida después del milagro.
El milagro fue nuestro bautismo.
Allí recibimos el agua viva.
Allí recibimos la luz de Cristo.
Allí recibimos el Espíritu.
Por eso esta semana podemos hacer algo muy sencillo.
Primero:
Reconocer las cosas que nos están quitando la vida.
Segundo:
Traerlas al Señor.
Como Marta y María llevaron su dolor a Jesús.
Y tercero:
Escuchar su voz que nos dice:
“Sal fuera.”
Sal fuera y vive.
Sal fuera y ama.
Sal fuera y camina.
Porque el mundo necesita personas vivas.
Personas que vivan con esperanza.
Personas que lleven vida a los demás.
Y ojalá que al final de nuestra vida también podamos decir algo muy sencillo:
Yo estaba muerto…
pero el Señor me devolvió la vida.
