La Ascensión del Señor
17 de mayo de 2026

Hechos de los Apósteles, 1,1-11 Salmo 46 Efesios 1, 17-23 Mateo 28, 16-20
1. Hecho de vida
Hermanos y hermanas, todos hemos vivido alguna despedida. Despedir a un hijo que se va a
estudiar, a un familiar que viaja, a un ser querido que parte lejos, o incluso despedir a alguien que
ya no volveremos a ver de la misma manera. Las despedidas siempre dejan un vacío. Uno mira
hacia la puerta, hacia el camino, hacia el cielo, como queriendo retener lo que se va.
Algo parecido les pasó a los discípulos el día de la Ascensión. Habían caminado con Jesús, habían
escuchado su voz, habían visto sus milagros, habían comido con Él después de la resurrección. Y
ahora lo ven elevarse al cielo. Seguramente en su corazón había preguntas: ¿Y ahora qué
hacemos? ¿Cómo seguimos sin verlo? ¿Quién nos dará fuerza?
Por eso los ángeles les dicen: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. No era un
regaño duro, sino una llamada a despertar. Jesús no se iba para abandonarlos. Subía al cielo para
estar presente de una manera nueva. Ya no estaría limitado a un lugar, a un camino, a una casa.
Desde ahora estaría con todos, en todo tiempo, en toda misión, en toda comunidad que anuncie
su Evangelio.
2. Mensaje de Dios
La fiesta de la Ascensión no es la fiesta de una ausencia, sino de una presencia distinta. Jesús
vuelve al Padre, pero no se desentiende de la humanidad. Él mismo lo promete en el Evangelio:
“Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos”.
Qué hermosa promesa. Jesús no dice: “Estaré con ustedes cuando todo vaya bien”. No dice:
“Estaré con ustedes solo cuando sean fuertes, santos y perfectos”. Dice: “Todos los días”. En los
días de alegría y en los días de cansancio. En los días de fe clara y en los días de dudas. En los días
de comunidad viva y en los días en que parece que todo cuesta.
San Mateo nos dice algo muy humano: “Algunos dudaron”. Y, sin embargo, Jesús no los rechaza.
No les quita la misión por haber dudado. Al contrario, les confía una tarea inmensa: “Vayan y
hagan discípulos a todos los pueblos”. Esto nos consuela mucho. Porque también nosotros
creemos, pero a veces dudamos. Amamos a Dios, pero a veces nos cansamos. Queremos seguir a
Cristo, pero a veces nos quedamos mirando al cielo, esperando que otros hagan lo que nos toca
hacer.
San Pablo pide para nosotros “espíritu de sabiduría” y que Dios “ilumine los ojos de nuestro
corazón”. Eso necesitamos hoy: ojos iluminados para comprender que la esperanza cristiana no es
cruzarse de brazos, sino ponerse en camino. La Ascensión nos recuerda que Cristo es Señor, que
está sentado a la derecha del Padre, pero también que su obra continúa en la Iglesia, en nosotros,
en cada bautizado.
3. Nueva vida
Hoy Jesús nos dice: no se queden mirando al cielo. Miren también la tierra. Miren sus familias, sus
comunidades, sus capillas, sus vecinos, los pobres, los enfermos, los alejados, los jóvenes que
buscan sentido, los matrimonios heridos, los ancianos solos. Allí continúa la misión.
La Ascensión nos invita a vivir con los pies en la tierra y el corazón en el cielo. No somos cristianos
para escapar del mundo, sino para transformarlo con la fuerza del Evangelio. Jesús sube al cielo,
pero nos deja una misión: anunciar, bautizar, enseñar, acompañar, consolar, sanar, levantar.
Y no vamos solos. Esa es nuestra esperanza. El Señor que sube al cielo camina con nosotros todos
los días. Cuando visitamos a un enfermo, Él está. Cuando perdonamos, Él está. Cuando servimos
en la parroquia, Él está. Cuando luchamos por mantener la fe en la familia, Él está. Cuando
sentimos que no podemos más, Él está.
Que esta fiesta despierte en nosotros una fe misionera. Que dejemos de vivir una fe detenida,
mirando solo hacia arriba, y aprendamos a caminar hacia los demás. Porque el cielo no nos aleja
de la tierra; nos compromete más con ella.
Cristo ha subido al cielo, pero su amor no se ha ido. Su presencia permanece. Su promesa sigue
viva: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos”. Amén.
