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Domingo de Ramos

29 de marzo de 2026

Mateo 21,1-11; Isaías 50,4-7; Filipenses 2,6-11; Mateo 26,14–27,66


1. Hecho de vida


Cuentan una historia curiosa.

Un burro vivió el día más emocionante de su vida.
Ese día caminó por una ciudad llena de gente que gritaba, cantaba y agitaba ramos de olivo.

La gente extendía sus mantos en el camino.
Las multitudes gritaban: “¡Hosanna!”

El burro estaba convencido de algo:

“¡Todo esto es por mí!”

Se sentía importante.
Se sentía admirado.
Se sentía el protagonista del día.


Pero al día siguiente salió nuevamente por la ciudad esperando el mismo espectáculo.

Pasó junto a un grupo de personas en el pozo.
Nadie lo miró.

Fue al mercado.
Nadie lo aclamó.

Nadie puso mantos en el suelo.
Nadie levantó ramos.

Confundido y triste volvió al establo.


Su madre lo miró con ternura y le dijo:

“Hijo…
¿no te das cuenta?

Sin Él… tú eres solo un burro.”

El día anterior no aclamaban al burro.

Aclamaban al que iba encima del burro.

Y esa pequeña historia tiene mucho que ver con el Evangelio que acabamos de escuchar.

2. Mensaje de Dios


Hoy celebramos el Domingo de Ramos.

La puerta de entrada a la Semana Santa.

El Evangelio nos muestra a Jesús entrando en Jerusalén.

La gente lo recibe con ramos.
Con mantos en el camino.
Con gritos de alegría.

Y la multitud hace una pregunta muy interesante:

“¿Quién es ese?”

Esa es la pregunta del día.

¿Quién es ese?

Para algunos era un profeta.
Para otros un maestro.
Para otros una esperanza política.
Para otros una amenaza.

Pero la liturgia de hoy nos da la respuesta completa.


San Pablo lo dice en la carta a los Filipenses:

“Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo.”

Jesús no entra en Jerusalén con caballos de guerra.

No entra con soldados.

No entra con poder.

Entra sobre un burro.

Porque su poder es otro.

Su poder es el amor.

Y ese mismo Jesús que hoy entra entre ramos y cantos…

dentro de pocos días será el mismo que camina hacia la cruz.

La misma gente que grita “Hosanna”
después gritará “Crucifícalo.”

Porque muchas veces admiramos a Jesús…

pero no queremos seguir su camino.


Muchos lo conocen.
Pocos lo imitan.

Muchos hablan de Él.
Pocos viven como Él.

Jesús no vino a imponerse.

No vino a dominar.

No vino a obligar.

Jesús vino a amar hasta el extremo.

Y eso es lo que celebramos en esta Semana Santa.

No simplemente el sufrimiento de Jesús.

Celebramos el amor llevado hasta el final.

3. Nueva vida


Hoy entramos en la semana más importante del año cristiano.

La Semana Santa.

Y la pregunta que queda en el aire es la misma que hacía la gente en Jerusalén:

“¿Quién es ese?”


Cada uno de nosotros tiene que responderla.

¿Quién es Jesús para mí?

¿Es solo un recuerdo?
¿Es una tradición?
¿Es una imagen?
¿Es una costumbre?

¿O es realmente el Señor de mi vida?


Porque la verdad es esta:

sin Él… la vida pierde su centro.

Sin Él la vida se llena de ruido…
pero se vacía de sentido.

Sin Él caminamos…
pero no sabemos hacia dónde.

Por eso esta semana podemos hacer algo muy sencillo.


Primero:
Caminar con Jesús.

Acompañarlo en estos días.

En la oración.
En la misa.
En el silencio.


Segundo:
Mirar su amor.

El amor de Jesús en la cruz nos recuerda cuánto valemos para Dios.


Tercero:
No quedarnos solo en los ramos.

Porque es fácil aclamar a Jesús cuando todo va bien.

Lo difícil es seguirlo cuando el camino pasa por la cruz.


El Domingo de Ramos nos abre la puerta de la Semana Santa.

Una semana que nos recuerda algo muy profundo:

El amor verdadero
no se queda en palabras.

El amor verdadero
se entrega.

Y al final de esta semana descubriremos algo maravilloso:

que el amor de Cristo es más fuerte que la traición,
más fuerte que la violencia,
más fuerte que la cruz,
y más fuerte que la muerte.

Por eso caminemos con Él.

Porque con Él la cruz no es el final de la historia.

Con Él…
la última palabra siempre será la vida. ✨

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