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Domingo de Pentecostés

24 de mayo de 2026

Hechos 2. 1-11; 1 Corintios 12. 3-7.12-13; Juan 20. 19-23


Hermanos y hermanas, todos hemos visto alguna vez una casa cerrada por mucho tiempo. Por

fuera puede verse bien: paredes firmes, puertas pintadas, ventanas cuidadas. Pero cuando uno

entra, se siente el aire pesado, el olor a encierro, la humedad, el polvo sobre los muebles. No es

que la casa esté destruida; simplemente le falta aire. Le falta que alguien abra las ventanas, que

entre la luz, que circule el viento y que vuelva la vida.


Algo parecido puede pasar con nuestra vida cristiana. Podemos estar de pie, cumplir, asistir, rezar

algunas oraciones, venir a misa; pero por dentro sentirnos apagados, cansados o encerrados. A

veces el miedo nos cierra. A veces las heridas nos encierran. A veces la rutina nos seca el alma.

Incluso una parroquia puede parecer una casa con puertas cerradas: hay sacramentos, reuniones y

costumbres, pero falta fuego, falta alegría, falta salida misionera.


Por eso Pentecostés es tan necesario. Porque el Espíritu Santo viene como viento fuerte a abrir lo

que está cerrado, a limpiar lo que está pesado, a encender lo que se ha apagado y a devolverle

vida a la Iglesia.


La primera lectura nos presenta a los discípulos reunidos en un mismo lugar. Estaban juntos, sí,

pero todavía no estaban lanzados a la misión. Habían visto al Resucitado, pero necesitaban la

fuerza de lo alto. Entonces vino el Espíritu Santo como viento y como fuego. El viento mueve. El

fuego transforma. El viento empuja. El fuego purifica. El viento abre caminos. El fuego enciende

corazones.


Desde ese momento, los discípulos dejaron de ser un grupo encerrado y se convirtieron en una

Iglesia enviada. Se abrieron las puertas. Se venció el miedo. Y todos comenzaron a escuchar las

maravillas de Dios en su propia lengua. Pentecostés nos enseña que la Iglesia nace para

comunicar, para salir, para hablar al corazón de todos y para anunciar a Jesucristo en un lenguaje

que la gente pueda comprender.


En el Evangelio, Jesús resucitado se presenta en medio de sus discípulos, encerrados por miedo, y

les dice: “La paz esté con ustedes”. Después sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu

Santo”. Ese soplo de Jesús es una nueva creación. Así como Dios sopló vida sobre el primer ser

humano, Cristo sopla vida nueva sobre su Iglesia.

Y junto con el Espíritu les entrega una misión: perdonar, reconciliar, sanar y continuar su obra. El

Espíritu Santo no viene solo para que sintamos bonito. Viene para convertirnos en instrumentos

de paz. Viene para hacer de nosotros una comunidad reconciliada y reconciliadora.


San Pablo nos recuerda que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Nadie tiene todos

los dones. Nadie puede hacer la misión solo. En la Iglesia todos somos necesarios: el que canta, el

que visita, el que catequiza, el que sirve, el que escucha, el que acompaña, el que limpia, el que

ora y el que anima. El Espíritu reparte dones para el bien común.


Hoy es Pentecostés para nosotros. No solo para los apóstoles. También para nuestra parroquia,

nuestras capillas, nuestras familias, nuestros grupos pastorales y nuestros corazones.


Hoy el Señor quiere abrir nuestras ventanas interiores. Quiere sacar el aire pesado del miedo, del

resentimiento, de la comodidad, del “siempre se ha hecho así”, de la indiferencia y de la falta de

compromiso. Quiere darnos aire nuevo, fuego nuevo y alegría nueva.


Recibir el Espíritu Santo es aprender a perdonar. Una comunidad que no perdona se encierra. Una

familia que no perdona se enfría. Un corazón que no perdona se queda sin paz.


Recibir el Espíritu Santo es anunciar a Jesús con valentía. La Iglesia no nació para esconderse, sino

para salir al mundo. Una parroquia llena del Espíritu no se conforma con mantener lo de siempre;

busca a los alejados, acompaña a los débiles, consuela a los tristes, forma discípulos y lleva

esperanza.


Recibir el Espíritu Santo es vivir la unidad. No todos pensamos igual, no todos servimos igual, no

todos tenemos los mismos dones; pero todos somos un solo cuerpo en Cristo.


Que este Pentecostés abra nuestras puertas cerradas. Que el Espíritu Santo renueve nuestra fe,

sane nuestras divisiones y nos convierta en una Iglesia viva, alegre, unida y misionera. Amén.

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